Woody Allen acude a la cita anual con “Café Society”

-Elvira Simancas Fernández-

El 26 de agosto de este año se estrenaba en cines Café Society la nueva película de Woody Allen, y la respuesta ha sido la acostumbrada: la obra se ha recibido con apetito por parte del público característico de Allen, una audiencia que a pesar de no ser para nada masiva, sino más bien moderada, se muestra tremendamente fiel. Podría decirse que de momento hemos ido a ver “la nueva de Woody Allen”, una película única que despierta una reacción parecida (si no idéntica) cada vez que se renueva, y que sólo tomará autonomía y se juzgará como “Café Society” cuando dispongamos de algo más de perspectiva.

La de Woody Allen es sin duda una posición cómoda y saludable, envidiable para cualquier director: realiza la obra que quiere, con los actores que desee haciendo cola para hacerse un hueco en su cine, con un presupuesto que no es desmesurado pero siempre  es suficiente, obteniendo una respuesta inmediata (muchas veces de poca vigencia) y, en definitiva, consiguiendo expresarse exactamente como le apetece (¿cuántos directores matarían por esta cosa tan simple?) para poder continuar con el siguiente “proyecto de otoño”. Y el proceso se repite, Woody Allen simplemente continúa haciendo, como una rueda que no se detiene, en un proceso que es ya para el neoyorquino como respirar. Tal vez es esto lo que ha hecho que hayamos apreciado cierto carácter “rutinario” en el cine de Allen, en el que se repiten los temas, los clichés, los personajes, el humor… Puede que el hacer cine se haya convertido para él en una simple necesidad vital vacía, y totalmente independiente e indiferente al público y la crítica.

En cuanto a Café Society, es una comedia ambientada en el Hollywood de los años 30. Cuenta la historia de un joven que se muda desde Nueva York a Los Angeles a trabajar para su tío, un pez gordo de la industria cinematográfica. Se trata de una historia sencilla vertebrada entorno al esquema simple del triángulo amoroso, que tiene los pequeños impactos humorísticos y comentarios sagaces tan característicos de Allen. Como en todas sus películas, el director se expone y desnuda a través de su cine: nos muestra la imposibilidad del orden en la vida, regida por la arbitrariedad y el azar. En este caso, se intuye una visión, aunque satírica, algo dulcificada, menos amarga.

En este nuevo proyecto encontramos algunas repeticiones típicas en los personajes de Woody Allen: en primer lugar, es muy fácil identificar a aquel que le representa, y que el mismo director interpretaría si se tratase de las primeras etapas de su carrera. Un judío nervioso, excéntrico y con una verborrea sarcástica y ácida. En este caso, Bobby, el personaje interpretado por Jesse Eisenberg, es algo así como un Alvy Singer (Annie Hall) algo menos cínico y con un toque de la dulzura e ingenuidad de Cecilia (La rosa púrpura del Cairo). También tenemos a los padres, una pareja pintoresca que aporta gran parte de la comicidad en la película, manteniendo acaloradas discusiones sobre temas ideológicos y teológicos. En este caso, volver la vista hacia Annie Hall es inevitable.

Es evidente en este filme la nostalgia de una época no vivida, lo que ya se trató en Medianoche en París, y lleva impregnando el cine de Allen desde aquella frase al inicio de Manhattan: “Para él, sin importar la época del año, Nueva York seguía siendo una ciudad en blanco y negro que latía al ritmo de las melodías de Gershwin”. Este impulso hace que Allen prácticamente nos bombardee con constantes referencias al cine clásico desde el primer “Espero una llamada de Ginger Rogers”, que aparecen como insistentes intentos desesperados de buscar la empatía del público, y que harán sentirse perdido a aquel que no esté familiarizado con este.

Por último, destacar el papel primordial que juega la música. Multitud de piezas del jazz clásico unifican la película, y en este caso, tienen además la importancia de aportar el barnizado final al trabajo de ambientación. Encontramos principalmente temas de The Nighthawks que, por su aire desenfadado, contribuyen a la ironía en los repentinos cambios de tono del film.

En resumen, se trata de una película en la que encontramos algunos de los destellos de brillantez que Woody Allen siempre ha tenido, ciertos golpes de ingenio, frases perspicaces, un relato pequeño y sencillo, un reparto con actores de moda, nostalgia, enredos, digresiones filosóficas… Aun así, parece ser un refrito de estereotipos con la única finalidad de solventar los anhelos evocativos personales del propio director, que nos hace preguntarnos “¿Esta la ha hecho para mí, o la ha hecho para él?”

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