Westword, una buena imitación

-Máximo Simancas-

Todos parecen tener bastante claro cuándo un artesano ha fracasado o cuándo ha creado una gran obra. Al fin y al cabo‚ no es difícil averiguar cuándo un producto está defectuoso‚ ¿verdad? Un cuchillo que no corte es fallido‚ al igual que un sillón incómodo o una estantería con poco aguante. Todos esos objetos se han fabricado a partir de una idea: intentan imitar a ese cuchillo que Norman Bates empuña en Psicosis‚ al sillón donde el opulento Scrooge descansa sus nalgas o a esa estantería que aparece en un edulcorado anuncio de Ikea. Sin embargo‚ esto nos sugiere algunas preguntas. ¿Qué sucede cuando no se conoce muy bien la función de lo que se intenta imitar? ¿Qué sucede cuando ese objeto ideal al que se aspira es un ser humano?

Westword es una serie que asume la ingrata tarea de responder o‚ por lo menos‚ plantear estas intrincadas cuestiones. Los artesanos Lisa Joy y Jonathan Nolan‚ creadores de esta subyugante ficción televisiva‚ utilizan unos curiosos materiales para la realización de su producto final. Basándose en una olvidada película de 1973‚ extraen elementos en principio dispares del western y la ciencia ficción. Esto no parece‚ en principio‚ nada nuevo: el drama futurista ya se había mezclado con el western en La guerra de las galaxias o con el género noir en la brillante Blade Runner‚ de la que la serie toma obvias influencias. Sin embargo‚ la combinación de estos dos ingredientes adquiere aquí un nuevo significado‚ al contribuir enormemente a esta reflexión sobre lo que forma parte integral de un ser humano.

Westword es un gigantesco parque de atracciones en el que los seres humanos que paguen una cuantiosa suma de dinero podrán interactuar con el entorno del Salvaje Oeste y hacer lo que les plazca con los anfitriones‚ es decir‚ con los robots con forma humana que ocupan el parque. Cada uno de ellos tiene su propia historia‚ y resultan tan convincentes que existe cierta confusión sobre qué individuo es un androide. Sin embargo‚ como los impotentes personajes de un videojuego‚ no son una imitación perfecta: aunque puedan noquear a los humanos o incluso llegar a hacerles leves heridas‚ no pueden matarlos. Tarde o temprano‚ acabarán asesinados por algún turista borracho imitando a John Wayne que les reventará los circuitos. Después de eso‚ una breve reparación y vuelta a empezar. A lo largo de la serie‚ sin embargo‚ somos testigos de una evolución en estos robots‚ cuando empiecen a fallar y a soñar con acontecimientos pasados. Sin embargo‚ ¿se puede considerar a eso un fracaso?

Durante los diez capítulos que conforman esta experiencia‚ nos encontramos con una genial imitación de todos los problemas que aquejan al ser humano‚ así como de los géneros de ficción que nos permiten alejarnos de la realidad. Esta serie es por momentos un auténtico western‚ un drama‚ una telenovela o una serie de misterio. Sin embargo‚ al mismo tiempo‚ es una reflexión sobre el propio género y sobre el espectador. En algunas ocasiones‚ llega a jugar con las expectativas de su audiencia‚ haciéndoles sentir lo mismo que a los androides cuando descubren lo endeble de su realidad‚ y no lo lograría si no reflejara fielmente lo que debe ser una película del Oeste.

Esta obra maestra no habría sido tan redonda sin la colaboración de célebres actores como Anthony Hopkins o Ed Harris‚ cuya participación es un síntoma del prestigio actual del contenido televisivo. Sin embargo‚ las actuaciones de estos dos veteranos de la interpretación no son las únicas que sobrepasan con mucho la calidad media: actores relativamente desconocidos como Jeffrey Wright o Evan Rachel Wood también dan vida a interesantísimos personajes a los que no podríamos imaginar con el rostro de otros intérpretes. La actuación es uno de los elementos más importantes‚ junto a la cuidada banda sonora‚ que acompañan al excelente guión.

En definitiva‚ Westword es una serie que no dejará indiferente a nadie: a pesar de que queda por ver si su evolución será favorable‚ ha dejado satisfecha a gran parte de su audiencia. Surge en una época en la que la industria televisiva puede crear productos de calidad sin preocuparse por las consideraciones de algunos sectores de la población sobre las escenas de sexo y violencia que aliñan la historia. Por lo tanto‚ esta pieza de artesanía es una hija de su tiempo‚ y eso le permite ser algo más que una imitación de una película perdida de los 70 o de un género que está experimentando un resurgimiento. Nos está imitando a nosotros mismos.

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