Una Pastelería En Tokio

– Máximo Simancas –

Una-pasteleria-en-Tokio⋅País: Japón

·Dirección: Naomi Kawase

·Guión: Naomi Kawase, basado en una novela de

Durian Sukegawa

·Música: David Hadjadj

·Fotografía: Shigeki Akiyama

·Intérpretes: Kirin Kiki, Masatoshi Nagase, Kyara Uchida,

Miyoko Asada

·Duración: 113 minutos

La historia que se presenta en esta película no debería ser muy interesante en un principio: el dueño de una pastelería de esta ciudad japonesa necesita un ayudante para cocinar dorayakis, y una anciana solicita el empleo. Pero Naomi Kawase, su directora y guionista, logra crear una interesante película que nos demuestra que todo el mundo (esa anciana que se sienta siempre en el banco, esa estudiante que camina cabizbaja, ese camarero huraño) tiene una historia que contar.

¿Cómo se consigue esto? No lo hace con grandes discursos, sino con silencios. Es cierto que los diálogos también están cuidados, pero lo importante en este filme reside en esos momentos donde los personajes no hablan. En esas escenas les conocemos mejor de lo que lo haríamos si nos narraran lo que vemos, gracias a una espléndida dirección artística que nos muestra la belleza y la fealdad de Tokio y al buen hacer de los intérpretes, que logran dar vida a sus personajes incluso cuando estos permanecen callados. Dentro de los tres actores principales, cabe destacar a Kirin Kiki, que interpreta a la anciana Tokue. Este papel es especialmente memorable porque la vida de esta mujer, aunque no sea la protagonista, ocupa gran parte de la película. La historia de los otros dos personajes se nos muestra de modo tangencial, pero no se indaga tanto como en la suya. La actriz logra que el espectador conecte con esta anciana mediante gestos infantiles y sonrisas que la convierten en un personaje entrañable.

En cuanto a la historia, no es demasiado original, pero tampoco necesita serlo, ya que la calidad de la película reside en el modo en que se cuentan los hechos. Esto no significa que el guión sea malo: este, por el contrario, resulta funcional y nos muestra esta sencilla historia sin incidir mucho en subtramas que no le aportarían nada. Esta sobriedad en los detalles hace que cada elemento que se presenta en la película acabe contribuyendo a la resolución. Sin desvelar nada del argumento, un ejemplo de este acierto es la conversación en la que Tokue le pregunta a Sentaro por qué no tiene un bar. Este detalle, aparentemente insignificante, acabará siendo fundamental para el desarrollo de la trama.

El principal defecto de la película es su lentitud: aunque durante la mayor parte del metraje se agradece que la autora cuente la historia con calma, llega un momento en el que puede resultar aburrida, sobre todo durante algunas partes del tramo final que parecen innecesariamente alargadas. Sin embargo, este defecto pierde importancia en las dos últimas escenas, que sintetizan todas las virtudes del filme en unos pocos minutos y le dan un bellísimo final.

Es cierto que no se trata de una película para todo el mundo; quien espere una frase memorable por escena o giros de guión constantes saldrá decepcionado. Pero vale la pena contemplar durante casi dos horas cómo se prepara este delicioso plato para poder saborearlo como se merece.

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