Un genocidio silencioso

-Rafael Núñez- En la región del noroeste de China, cohabitan con la etnia dominante, un grupo étnico marginal, los uigures. Los uigures son una etnia culturalmente cercana a la tradición islámica proveniente de Turquía, la cual, a pesar de encontrarse bajo el poder chino, ha vivido durante gran parte de su historia en un territorio gestionado de forma semiautónoma, con unas normas culturales propias. Sin embargo, esta situación ha virado de forma drástica tras los recientes acontecimientos. China se acerca, día tras día, a convertirse en una férrea dictadura, y en este proceso de dominación por parte de las élites, el pueblo uigur ha sido elegido como mártir ejemplificador. Sirven pues, como un mensaje, amenazante, hacia toda aquella manifestación de libertad de pensamiento que se atreva a aparecer dentro de los confines de la República Popular China. Esta clase de coartadas, son muy comunes en los estados autoritarios, creando «estados de excepción» y supuestas «emergencias» para poder eludir el estado de derecho y justificar sus violaciones de los derechos humanos. En el caso de los uigures, todo un pueblo ha sido categorizado como «terrorista», y China ha desarrollado una respuesta masiva y sistemática a ese supuesto «extremismo». Para ello se han recurrido a la construcción de campos de concentración masivos, en los cuales se extrae mano de obra forzada al mismo tiempo que se suprimen, mediante intensas torturas, cualquier pensamiento, creencia, cultura, valores, lenguaje, e incluso comida, que evidencie la identidad musulmana. En agosto de 2018, Gay McDougall, la miembro del Comité de las Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación Racial, afirmó que, según estimaciones oficiales, casi dos millones de uigures y minorías musulmanas se vieron obligados a entrar en «campos políticos para el adoctrinamiento» en la región autónoma occidental de Xinjiang. Añadió también: «Estamos profundamente preocupados por los numerosos y creíbles informes que hemos recibido, pues en nombre de la lucha contra el extremismo religioso y el mantenimiento de la estabilidad social (China) ha transformado la región autónoma uigur en algo que se asemeja a un campo de internamiento masivo envuelto en secretismo, una especie de ‘zona sin derechos'». Un peligroso poder económico autoritario se deja entrever con esta nueva decisión del gobierno chino, ocultando los intereses económicos de sus élites tras retóricas de carácter nacionalista. Pues la economía, también desempeña un papel importante en la persecución y represión de los uighures, ya que China ha estado empeñada durante mucho tiempo en explotar los vastos recursos naturales de Xinjiang, la cual cuenta con una amplia reserva de petróleo, carbón y gas natural. Una serie de recursos lo suficientemente valiosos como para comprar el silencio de los gobiernos y organizaciones musulmanas a lo largo del mundo, cediendo ante la tiranía y la explotación de sus semejantes. En conclusión, es evidente que China está tratando de excusarse en políticas antiterroristas para llevar a cabo un genocidio cultural a gran escala Gracias a ello y a la falta de compromiso por parte de las coaliciones internacionales, se están sentando las bases para nuevos métodos de represión, eficaces métodos y tecnologías exportables a sus socios internacionales. Por tanto, si lo que está sucediendo hoy en Xinjiang no es abordado por la comunidad internacional, existe la probabilidad de que podamos ver su replicación en otros Estados “autoritarios” que ya han utilizado la etiqueta de «terrorista» para describir a aquellos que resisten pacíficamente la hegemonía del estado.

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