Terapia Génica, ¿La vie en rose?

-Maialen Santesteban- Aunque puede que algunos ni siquiera hayáis oído hablar de ella, la terapia génica es una técnica que últimamente está dando de qué hablar en el mundo científico. La terapia génica es aquella cuyo objetivo es restablecer una función celular que estaba defectuosa, y por lo tanto puede causar una enfermedad, o interferir en una nueva o ya existente función celular.

 

Entorno a este asunto, existen dos vertientes que plantean cuestiones diferentes a debatir. La primera, se trata de utilizar la terapia génica para prevenir la aparición de enfermedades debido a una alteración genética. Y la segunda es utilizar esta terapia como herramienta para determinar la configuración genética del feto, los conocidos “bebés de diseño”.

 

En lo referido a la primera cuestión, es muy probable que en principio pensemos que se trata de algo positivo. Al fin y al cabo, si la terapia génica se desarrollara hasta tal punto en el que se pudiera explotar su máximo potencial, las enfermedades cuya aparición se deba a una manifestación genética dejarían directamente de existir. ¿Un posible mundo ideal, no?

 

Sin embargo, y como suele ocurrir en ciencia, hay gato encerrado. Estudios científicos de la Universidad de California afirman que el uso de esta terapia puede aumentar el riesgo de algún tipo de cáncer, así como eliminar beneficios desconocidos que un gen pudiera mantener. Un caso muy común es el de la anemia falciforme, enfermedad endémica en África Central que resulta ser un factor de protección para la malaria, que se da con gran frecuencia en esta región, ejemplo del proceso de selección natural que la terapia génica podría dificultar.. Además, tenemos que tener en cuenta que el campo de la genética es muy amplio y actualmente muy desconocido para el ser humano. Con lo que mediante la terapia génica podríamos estar modificando una región diferente a la esperada.  Para finalizar con esta primera parte, el gran problema moral que se plantea frente a esta práctica es que estamos previniendo la enfermedad por medio de la prevención de la existencia del paciente. Es decir, antes de que nazca una persona con la enfermedad, simplemente hacemos que nazca otra persona distinta, sin la enfermedad, haciendo de alguna manera que la primera persona “desaparezca”. Lo que a su vez plantea otro problemática ¿hasta qué punto una persona es la enfermedad que padece?

 

Pasando ya a la segunda y más controvertida cuestión, ¿qué es realmente un bebé de diseño? Probablemente sea un término que muchos habréis escuchado en los medios o incluso en las películas de ciencia-ficción, pero sin tener una idea clara del asunto. Un bebé de diseño es aquel cuyo material genético ha sido artificialmente seleccionado a través de ingeniería genética en combinación con la fecundación in vitro para asegurar la presencia o ausencia de genes o características particulares. Como previamente nos hemos centrado en utilizar la terapia para resolver enfermedades, ahora nos centraremos en el diseño de bebés por el simple hecho de que podemos llegar a hacerlo, como “mejora de especie”.

 

Es necesario aclarar que los primeras prácticas orientadas en esta dirección llevan varios años produciéndose y contienen la aprobación de la gran mayoría. Entre ellas se encuentra el Diagnóstico Genético de Preimplantación (DGP): es un método utilizado en fecundación in vitro únicamente cuando la probabilidad de que el embrión herede una enfermedad es muy alta. En ella, cuando el embrión está dotado de 8 células, se le extraen 2, para comprobar que su ADN se encuentre sin fallos y así introducir el embrión en el útero de la madre que pueda permitirse tal operación.  En el caso que el ADN estuviera dañado, directamente se desecha y se busca otra muestra para introducir.

 

El segundo método parcialmente aceptado es la clonación. En el proceso de clonación participan 3 personas (3 materiales genéticos) en la creación de un ser vivo. Un óvulo fecundado (con espermatozoide) y otro óvulo al que se le ha quitado el núcleo, conocido como célula huevo. Este proceso se suele utilizar cuando la madre (óvulo fecundado) tiene una enfermedad que se transmite por el ADN que se encuentra en una zona celular ajena al núcleo, la mitocondria, por lo que al existir la célula huevo sana, esta transmisión de enfermedad no va a ocurrir.

 

Volviendo a los bebés de diseño, existen diversos estudios que admiten que caracteres como la timidez, el ser atleta, o incluso el rápido aprendizaje (gen NR2B) se transmiten completamente por nuestros genes. Al ocurrir esto, es lógico pensar que sería un error enorme no aprovechar esta oportunidad que la ciencia nos aporta de crear “humanos” casi perfectos. “Humanos”, porque no sabemos lo que realmente serían estos individuos y si incluso podrían suponer un efecto en la sociedad. Por si alguno no se acuerda, la última vez que la idea de eugenesia, ideología que defiende la aplicación de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de la especie humana, terminamos ni más ni menos que en la segunda guerra mundial. No obstante, existe una nueva eugenesia liberal que defiende que el estado no tiene responsabilidad alguna sobre este tipo de actos y que es el propio individuo quien pasa a tener esa responsabilidad.

 

Otro punto a favor de los más tecnólogos explica que ya modificamos el ambiente de los bebés sin ningún tipo de regulación, aún sabiendo las consecuencias que esto supondrá en la formación de su persona. Elegimos el colegio al que irán, sus primeros intereses, incluso sus amigos en algunos casos. ¿Por qué entonces nos resistimos tanto ante la idea de la modificación de sus genes?

 

En parte, y respondiendo a la pregunta anterior, porque hasta este momento sólo habíamos operado dentro de lo que los genes nos permitían. En cambio, si alteramos también los genes, pasaremos a un estado de post-humanización, donde por hacernos super inteligentes, guapos, ambiciosos y un largo etc, tendremos un precio a pagar: las experiencias que dan sentido a nuestras vidas. Aún y todo, existe una vertiente de trans-humanistas que tienen precisamente esto de meta. Si nuestra especie pasa a ser una donde no hay enfermedades, es superinteligente y nuestra capacidad creativa es tal que somos capaces de igualar la novena sinfonía de Beethoven, la falta de identificación es un problema que sólo se puede achacar a uno mismo, no al proceso de trans-humanización.

 

En resumen, está claro que la terapia génica puede utilizarse para dos fines totalmente diferentes, y que deben ser cuidadosamente analizadas las posibles consecuencias que puede acarrear. Es necesario, además, tener siempre presentes los conflictos bioéticos que esta pueda conllevar y comparar si los beneficios posibles superan los riesgos patentes. Con todo, la evolución y desarrollo de esta técnica están aún por aparecer y quién sabe lo que nos deparará el futuro.

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