Techo y comida: la crisis vista desde una perspectiva microeconómica

–Máximo Simancas– País: España
Dirección: Juan Miguel del Castillo
Guión: Juan Miguel del Castillo
Intérpretes: Natalia de Molina, Mariana Cordero, Gaspar Campuzano, Jaime López
Duración: 90 minutos
Recorro el trayecto hasta los Cines Verdi, un camino relativamente corto. Selecciono la película que quiero ver y pago ocho euros. Un precio que puede resultar excesivo para algunos o incluso prohibitivo para aquellos en una situación económica delicada. Hay algunas personas que solo pueden gastar esta cantidad de dinero para disfrutar de una película en situaciones especiales, o que ven esta posibilidad casi como un milagro.
Techo y comida trata sobre esas personas.
En este filme, seguimos la historia de Rocío, parada y sin ayudas, que trata de mantener como puede a su hijo Adrián y de darle la mejor vida posible. Se trata de una persona que hemos visto con otros nombres y otras caras a la salida del colegio, en el supermercado… y a la que, como muchos de los secundarios de la película, hemos criticado a sus espaldas. Durante toda la cinta se nos presentan sus esfuerzos por encontrar trabajo o recibir ayudas sociales que sabe que acabarán desapareciendo. Esto nos ayuda a comprobar cómo evoluciona el personaje principal: en las primeras escenas se muestra reacia a aceptar las ayudas de su vecina pero, a medida que sus posibilidades de alimentar a su hijo disminuyen, acaba aceptando la caridad de los demás.
Esta evolución en la protagonista es probablemente el mayor logro de la película, ya que nos muestra cómo la necesidad de subsistir acaba corrompiendo a las personas. Aunque se muestra de forma distinta y mucho menos detallada, podemos ver una evolución similar en sus caseros, que no están dispuestos a seguir aplazando el pago del alquiler. Esto ayuda a que la película se libre del maniqueísmo del que adolecen a veces los dramas sociales: los personajes que se enfrentan a Rocío y la llevan hasta el extremo no son monstruos desalmados sino personas que, como ella, tratan de sobrevivir en una sociedad injusta. Parte de estos personajes está en una situación tan mala como la de la protagonista, pero muchos otros son personas de clase media o alta que no puede comprender sus problemas. Ya sea una adolescente con un móvil de última generación, un entrevistador de trabajo o una madre que puede comprar a su hijo la mejor ropa, nos encontramos constantemente con esta clase de personas, que crean un contraste entre los deseos de Rocío y el alto nivel de vida que puede permitirse la gente con la que coincide a diario. Al final, estos deseos acaban reducidos a dos: techo y comida. Y la sociedad todavía se resistirá a concedérselos, porque es invisible para ella. Siempre habrá un partido de fútbol que distraiga a los demás de sus desgracias.
Entre los actores destaca Natalia de Molina, actriz que representa a Rocío y que ha ganado un premio Goya por su labor. Esto no significa que el resto del reparto este compuesto por malos intérpretes, de hecho, todos los actores que interpretan a los personajes principales son completamente creíbles. Es precisamente en el realismo donde radica la fuerza de estas interpretaciones, que pueden llegar a hacer reflexionar al espectador: cada uno de ellos podría ser un vecino, un amigo o un conocido. Son personas reales que reaccionan al sufrimiento como personas reales, y esto contribuye a un mejor resultado final.
El filme tiene algunos defectos, como la excesiva frialdad con la que algunas escenas tratan un tema tan dramático como la pobreza o la sucesión de golpes de efecto poco realistas en una película que, por lo demás, es costumbrista y se limita a mostrarnos el día a día de los personajes. A pesar de sus innegables virtudes, no es una cinta perfecta.
Esta película imperfecta termina. La pantalla está en negro. Espero a que se enciendan las luces del cine, pero aparecen unas letras blancas que sustituyen al típico “basado en hechos reales.” Esas letras muestran datos objetivos sobre la pobreza en la España actual. Más allá de su clara intencionalidad política, son unas cifras demoledoras.
Cuando vuelvo, me pregunto cuántas personas de las que me encuentro en ese trayecto tan corto estarán viviendo la situación de Rocío y Adrián. Entonces pienso que la película no es perfecta, pero no le hace falta: su mensaje es válido en gran parte de calles de este país.

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