Sergei Eisenstein, hijo del arte y la revolución.

Pablo Muñoz Campaña-

“Nuestro cine es ante todo un arma cuando se trata de un enfrentamiento con una ideología hostil y, ante todo, es una herramienta cuando está encaminado a su actividad principal: influir y transformar”. Estas son las palabras del revolucionario y cineasta que demuestra su concepción del cine como forma de apoyar a la revolución bolchevique. Su particular forma de hacer películas, con un montaje basado en ideogramas japoneses y su teoría sobre el montaje de atracciones, hace que sea considerado como uno de los mejores –si no el mejor- director de cine que ha existido.

Nació el 22 de enero de 1.898 en Riga, proveniente de una familia burguesa. Aunque en sus inicios estuvo centrado en el teatro, pronto se dio cuenta del poder del cine –concretamente tras su paso por el ejército rojo en la guerra civil- y en 1.925 filmó la que por muchos críticos es la mejor película de la historia, El acorazado Potemkin. La misma película fue objeto de censura por todo el globo por su contenido revolucionario.

Octubre, otra de sus grandes obras, fue un homenaje al décimo aniversario de la revolución. La cinta está rodada con un realismo tan impactante y transmite tal sentimiento de caos que casi parecen imágenes de un documental. Dicho realismo está ayudado por el reportaje “10 días que conmovieron al mundo” de John Reed sobre la misma.

Pasado un tiempo se trasladó a los EE. UU para estudiar y experimentar con el sonido. Sin embargo, sus ideas políticas y el hecho de ser ciudadano soviético hicieron que no fuera capaz de no sacar ningún proyecto adelante y se trasladó a México. Allí también tuvo problemas ideológicos, pero logró sacar adelante el rodaje de ¡Que viva México!, siendo cancelada antes de acabarse.

Tras dos experiencias fallidas en el extranjero volvió a la Unión Soviética. Iván, el Terrible fue otra de sus grandes obras que, aunque muchos afirman que le hizo ser considerado como enemigo del régimen, le hizo ganar el Premio Stalin. La segunda parte fue terminada en 1.946, pero esta vez la censura retrasó su estreno hasta 1.958. Para entonces, Eisenstein ya llevaba muerto diez años –por culpa de un infarto- y no tuvo el tiempo suficiente para rodar la tercera entrega.

Pese a sus últimos problemas con el gobierno soviético, fue nombrado como “artista honorado de la República Federativa Socialista de Rusia” y le fueron entregadas las medallas “Por el valiente trabajo en la Gran Guerra Patriótica”, “En conmemoración del 800 aniversario de Moscú”, “Orden de la Insignia de Honor” y la “Orden de Lenin”.

Aún con el tiempo que ha pasado, Eisenstein sigue siendo objeto de estudio y de adoración por sus innovadoras técnicas y por sus ensayos sobre el séptimo arte. Sin duda, uno de los grandes genios que da la historia y, al igual que su obra, tiene un asiento reservado en la eternidad.

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