¿Qué es la posmodernidad? El fin de la historia (2)

El fin de la historia.
Utopía viene del griego “no lugar” y describe un sitio que no existe. Cuando los tertulianos televisivos dicen que la utopía no existe, no podemos quitarles la razón, al menos, no etimológicamente. La utopía es un horizonte y todos los relatos de progreso aspiran a alcanzarlo. La teoría marxista es una de las principales meta narrativas de progreso. Para nuestro amigo Carlos, la historia avanzaba mediante un proceso dialéctico que él identificó con la lucha de clases. Dicho de forma sencilla, el motor de la historia es la revolución de los oprimidos contra los opresores, de los que controlan los medios de producción contra los sometidos por ellos. En el SXIX, Marx identificó como los oprimidos a la clase obrera y como opresora, el sistema capitalista, algo más que evidente incluso en el Londres victoriano en el que el filósofo pasó varios años. La teoría comunista proponía la colectivización de los medios de producción en las manos del pueblo y la paulatina desaparición del estado, las naciones y la guerra. Un mundo sin clases es un mundo sin luchas y este era el objetivo final, el fin de la historia, el cese de esta dialéctica sangrante de opresores y oprimidos.
Pero el Marxismo no es la única narrativa utópica. Podemos encontrar el fin de la historia en muchas otras manifestaciones ideológicas. Una de ellas es el relato religioso premoderno que encuentra el fin de la historia en el Apocalipsis. Las tres grandes religiones de occidente creen en la llegada de este momento, en el cual la violencia del mundo culminará en una paz perpetua bajo las alas del gran pajarito mandón. Otra es la fantasía del capitalismo radical que también apuesta por el fin del estado pero creen que los medios de producción y la propiedad deben depender únicamente de las leyes del mercado puesto que la libertad y la creatividad del ser humano se desarrollan favorablemente en la libre competencia. O eso es lo que argumenta Ayn Rand y su jauría de neoliberales.
Pero incluso, la ilustración es un gran relato utópico. La idea de que la razón y la ciencia son métodos de emancipación infalibles que llevarán a la humanidad a su estado de máxima evolución. También Kant propuse en su breve tratado “Sobre la paz perpetua” una constitución que haga ilegal la guerra, llevando a una estabilidad histórica guiada por la filosofía; “ Buscad ante todo acercaros al ideal de la razón práctica y a su justicia; El fin que os proponéis – la paz perpetua- se os dará por añadidura”.
Estos son los grandes relatos sobre la modernidad pero como todos sabemos, este proceso de emancipación racional se frenó debido a un pequeño contratiempo; El sXX y sus dos cruentas guerras mundiales. El surgimiento del fascismo creó una nueva gran narrativa; La promesa de un futuro de prosperidad y justicia mediante el liderazgo de una élite política y social. El golpe de ironía fatal es que Hitler alcanzase precisamente el poder en Alemania, la tierra de la filosofía moderna donde nacieron Marx, Nietzsche y Kant. El resultado ya lo sabemos todos. Un genocidio masivo y una guerra sin precedentes que hirió de muerte la imagen que tenía la humanidad de sí misma. El filósofo Theodor Adorno llegó a afirmar que escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie. Este era el reverso tenebroso de la razón, el monstruo goyesco que vive en el interior de nuestra naturaleza. El proceso científico se utilizó como herramienta de exterminio, haciendo uso de complicadas maquinas de computación IBM para crear un censo de judíos que con precisión germánica eran confinados y exterminados en campos de concentración. En los frentes, los soldados morían a millares y los que regresaron con vida acabaron quebrados con las mentes devastadas por los horrores de la batalla. La gran máquina de guerra culminó horriblemente exterminado las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki. Robert Oppenheimer, el creador de la bomba, dijo; “Me convertí en muerte, el destructor de mundos”
-Fidel Viseras Riego-

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