¿Pueden los Hijos Heredar los Traumas de sus Padres?

Javier Aguilera-La respuesta sería un sí rotundo si tomásemos como válida la ya desechada teoría de evolución de las especies de Lamarck. Este naturalista afirmaba que frente a los hostiles cambios del entorno, los seres vivos, en un intento de adaptación, ejercitaban los órganos necesarios y dejaban en desuso los que no lo eran, para así desencadenar cambios físicos favorables que serían transmitidos a la descendencia, para que esta pudiese proceder con el esfuerzo de adaptación sin empezar desde 0.

Sin embargo, hoy todos sabemos que la teoría vigente es la de Darwin, la cual sostiene que los individuos de una misma especie poseen ligeras diferencias genéticas entre sí, pero que resultan decisivas a la hora de determinar quien logrará adaptarse dejando descendencia y quien no. Según Darwin, solo los genes son heredables, los cuales apenas están sujetos (a lo largo de los siglos) a los infrecuentes y aleatorios cambios de las mutaciones, pero no se ven modificados por la experiencia de nuestros ancestros. Así pues, la selección natural se encargaría de mejorar las probabilidades de supervivencia de los individuos con las sutiles mutaciones más adecuadas, quedando como irrelevantes los hábitos de vida que hayan llevado nuestros padres, abuelos y tataratataratatara…abuelos (puesto que estos hábitos determinan la forma en la que se expresan los genes, pero no su secuencia o estructura, a no ser que hayan estados expuestos a un accidente nuclear). Antes de revelar el gran descubrimiento, conviene que machaquemos las definiciones de genoma y epigenoma. De este modo, el genoma vendría siendo el abecedario del ADN, del material genético; y el epigenoma sería la regulación del genoma, el interruptor que decide que genes se expresan y cuales no, mediante la actuación de unas moléculas denominadas factores de transcripción. En otras palabras, para los informáticos el genoma sería el hardware y el epigenoma el software o toda la programación del ordenador. Hasta el verano pasado se pensaba que las características que heredaba un individuo, haciendo de este un ser humano único e irrepetible, eran únicamente aquellas escritas en el alelo obtenido de cada progenitor en representación de un gen. Bien es cierto, que desde hace mucho tiempo, también se sabe que los rasgos manifestados durante la vida del individuo surgen por interacción del genoma heredado (el cual es impermutable a lo largo de la vida, salvando el caso de que se produzca algún tipo de mutación) y experiencias ambientales propias del individuo, quienes tienen un papel fundamental en la en la activación y represión de genes. Como ya dije, a este patrón de activación y represión se le llame epigenoma , quien a diferencia del genoma, sí varía a lo largo de la vida, en función de nuestro modo de vida. La epigenética (rama de la bioquímica y biología molecular que estudia el epigenoma) explica que dos gemelos monocigóticos puedan tener rasgos o incluso enfermedades genéticas diferentes, a pesar de poseer todas las secuencias de su genoma idénticas.

Hoy en día, el nuevo hallazgo es el de que el epigenoma , el cual se consideraba ser un hecho de regulación puramente ambiental, también es heredable. Este hallazgo salió a la luz tras comparar la esperanza de vida de un grupo descendientes de víctimas del Holocausto con un grupo control (ambos grupos vivían en un ambiente similar, no poseían patologías físicas graves y tenían un estado socioeconómico también similar; disminuyendo al mínimo posibles sesgos) , pudiéndose comprobar de forma estadísticamente significativa (p<0.05) que los individuos del primer grupo vivían de media entre 15 y 20 años menos que los individuos del segundo grupo. Ante esto, realizándose un estudio epigenético, se pudo comprobar que aquellos hijos varones cuyos padres habían vivido situaciones muy traumáticas, tenían hipermetilados (es decir, activados casi de forma constitutiva: de por vida) los genes responsables del estrés y de la ansiedad, lo cual se tradujo en que estos desafortunados individuos fuesen propensos a padecer de TAC (trastorno de ansiedad generalizada), depresión mayor y trastorno por estrés post-traumático, a pesar de no haber vivido las experiencias de sus padres. Una buena hipótesis para explicar estas diferencias y patologías psiquiátricas, habría sido pensar que los hijos/as desarrollaron grandes niveles de estrés al escuchar a sus padres relatar el calvario y el sufrimiento vividos en el Holocausto. Sin embargo, esta hipótesis quedó refutada, dado que los descendientes (tanto mujeres como varones) de las madres que vivieron los mismo traumas, a pesar de escuchar historias idénticas o similares, no desarrollaron ningún tipo de merma en la longitud o calidad de sus vidas (ausencia de patologías psiquiátricas importantes).

A día de hoy, el descubrimiento es tan reciente, que los investigadores no saben cual es el modo de herencia de este epigenoma, sobre todo a la hora de explicar la desconcertante diferencia en el traspaso vertical epigenético entre los descendientes de varones y los descendientes de mujeres.

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