Prodigiosas palabras

-Francisco Quilez-

Eduardo Mendoza ganaba el Cervantes por poseer una lengua literaria llena de sutilezas, cotidiana como una cuchilla de afeitar que se paseara en la garganta con el ligero resquemor de un bocado a unas suculentas costillas con salsa picante, desasosegante a la par que delicioso.

Nacido en Barcelona el 11 de enero de 1943, apenas unos años más tarde de haber concluido la criminal guerra civil española. Entre héroes y bestias y mártires de España transcurrió su vida precoz de adolescente en un país que se le hacía chico y anticuado, tremendamente aburrido donde abundaba el olor a cadáver. Pronto se marchó al extranjero y desde los Estados Unidos vio la luz la que sería su inaugural escaramuza en el mundo literario.

Esta primera novela abría una interesante brecha en el discurso que se había decidido a adoptar la literatura española. Lejos de un ininteligible lenguaje cagado de cabriolas que no iba más que a a la taza del wáter derecha al desagüe para ser olvidado, “La verdad sobre el caso Savolta” suponía una bocanada de aire fresco que sin abandonar la ambición de un escritor de pura cepa se lanzaba con los brazos abiertos, sencillo y directo a sumergirnos en una novela con suficiente vida propia como para atraparnos e independizarse de su autor a la manera de un hijo descontento que se fugase de casa.

Eduardo Mendoza ha combinado con la necesaria maestría de un actor de un teatro de bajo presupuesto dos inconfundibles realidades —la caricatura grotesca y la rigurosa memoria— que se mezclan en su prosa con la sorpresiva solidez de una catedral inquebrantable construida a base de gominolas, ahí puestas, listas para ser devoradas en cualquier momento como unas pobres y simples y hermosas aceitunas.

En todos los grandes escritores existe una exquisita monotonía en cada una de sus obras. En este caso es una magnífica ironía de locura, una esquizofrenia que se nos pasa por alto y que, sin embargo, llevamos a cuestas como un insoportable saco de máscaras a la manera de kit de primeros auxilios. Nos cuenta una historia, pasada y moderna, plagada de disfraces, un carnaval omnipresente y eterno donde la vida se enreda de maquillaje y que, a pesar de todo, siempre sigue adelante sólida y firme, avallasadora e implacable.

El asombroso viaje por las venas abiertas de cada una de sus páginas, quizá algo menos notable en sus últimas novelas, supone un secreto extravío de uno mismo entre riñas y disparates, contradicciones puras y revulsivas aventuras de inauditos y genuinos personajes. Nunca nos quedaremos sin noticias de Mendoza porque nos durará siempre su ya palabra precisa y ácida escribiendo su nombre en letras doradas en la amplia e inextinguible tradición de la literatura española.

Deja un comentario