¿Por quién lloran los toros?

-Francisco Quílez-

Dicen que al final solo nos sobrevive la vergüenza. Tal vez sea cierto, aunque, en definitiva, la verdad es que a la larga carece tanto de importancia. ¿Acaso la impostura retórica de nuestros nombres, tomados de uno en uno, nos reafirma más en el mundo que a una simple piedra dura, astillada, como puesta por casualidad? ¿Incluso se nos oirá pasado el tiempo más que al espasmo sordomudo y quieto de algún árbol cayendo en cualquier parte?… Entonces, ¿por qué tanta soberbia?

Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de toros? ¿De la pulsión de un arte sobre la arena, el instante; o del dolor, dolor, así, sin más, seco y árido que nos espuma la boca de placer al ver la muerte a costa de otros ojos? Tal vez, como dicen, no haya dolor en esa sangre brincando por el lomo, tal vez, como dicen, no haya sufrimiento en esa bocaza semi abierta que chorrea entre telares de saliva berridos —de placer se sobreentiende, claro—, tal vez solo le den, al toro, palmaditas en la espalda con esos lanzones de acero tan menudos, tal vez sea esta muerte la más digna, la más justa. ¡Ay quién pudiera ser entonces un buen toro!

Y no me malinterpreten, porque no es que piense que no sea un arte éste, el del toreo, la conflagración entre dos almas, como dirían los cursis, la del hombre y la del “monstruo” otra vez repitiéndose, la de Perseo cortándole la cabeza, en este caso las dos orejas y el rabo, al minotauro, que, por cierto, también tenía un nombre; pero les seré franco, y es que, probablemente, no comprenda muy bien en qué consiste, ni por qué la gente aplaude tanto cuando matan al toro, pues yo suponía que era el hombre el que había de vencer al monstruo.

De cualquier manera ya entiendo por qué, por quién lloran los toros; no es por ellos por quien lloran. Tal vez sea cierto eso que dicen, que al final, en cualquier caso, sólo nos sobrevive la vergüenza. Pero, a la larga, ¿a quién le importa la verdad? Por eso, nunca, nunca hagas preguntar por quién lloran los toros; lloran por ti.

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