No necesito tu etiqueta

-Alex Arribas Fernández-

Ay, las etiquetas… Me traen por la Calle de la Amargura, y las que más son las de las prendas que no me puedo permitir. Qué fácil es categorizar a alguien y qué difícil es deshacerse del “San Benito”. Clasificamos a la gente teniendo en cuenta su aspecto físico, la manera en la que se expresan o se mueven, o simplemente por su condición. Yo entiendo que decir que alguien, llamémosle X, es el “amigo gay” es mucho más fácil que decir su nombre porque facilita la conversación, pero así es cómo conseguimos que X se quede con que no es más que “el amigo gay”. Olvidamos, de esta manera, que X es alto, moreno, estudiante, gallego, simpático, honesto, y muchas cosas más. Sí, él se define como homosexual, pero, ¿es esta su cualidad más destacable? A mí me ha pasado que la gente (que ni siquiera tendrían la confianza suficiente para invitarme a tomar un café) me haya preguntado por esa cuestión que, al parecer, es tan crucial para establecer contacto visual y conversación: pero, ¿tú eres homosexual?. Mi respuesta varía, y lo hace según mi estado de ánimo, la ropa que lleve puesta o, incluso, la época del año.

Sin embargo, la línea de contestación siempre sigue las mismas pautas que se resumen en tres pasos: Primero, poner cara de sorpresa por la pregunta; segundo, intentar expresar, de la manera más políticamente correcta, que no voy a limitar mi existencia a una etiqueta y que nunca me había planteado definirme de ninguna manera; y tercero, terminar con una frase que se quede en el limbo de la persona en cuestión, darme la vuelta e irme (aunque estemos en un callejón sin salida no podemos olvidar este paso, puesto que es el que da autoridad y respeto a toda la coreografía).

La cosa no se acaba ahí porque creo que es importante que nos paremos un momento a pensar en esa persona que ha hecho la pregunta, para después elevarlo a todos aquellos que categorizan a la gente según su “orientación sexual”. Yo, si estuviese etiquetado (y sé que lo estoy), me sentiría mal, pero no conmigo, sino con el que me etiqueta, porque no es capaz de ver más allá, de conocerme y de demostrarse a sí mismo que soy mucho más que una palabra. Sin embargo, la cuestión se torna más complicada si pensamos en el etiquetado, por cómo se sentirá sabiendo de su etiqueta, teniendo que luchar por desprenderse de ella. Ahora bien, existe esperanza. Podemos demostrar que somos mucho más que una decisión sexual. El asunto, a parte del etiquetamiento, no es pues la mera existencia de la clasificación, sino la seguridad que proporciona saber que Y es lesbiana. Así, la metemos en el cajón dónde están todas las lesbianas que conocemos, de manera que Y pasa a perder todas sus demás identidades sociales o personales en favor de convertirse en una lesbiana más. Y yo digo, ¡qué injusto!. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido etiquetar a Z como el “amigo hetero”, porque como no podía ser de otra manera, es marca de nacimiento que todos seamos así, heterosexuales. Pero en el momento en el que te sales de la senda de la “normalidad” ya tienes que cargar con ser “el amigo bisexual u homosexual” o, lo que es peor, el “amigo del-que-nadie-sabe-qué-le-gusta”.

La conclusión es fácil, sencilla y para toda la familia. NO a las etiquetas. NO a meter a la gente en cajones. NO a limitarse. SÍ a las etiquetas que realmente merecen la pena, las de la ropa. SÍ a no definirnos. SÍ a conocerse, descubrir, vivir, crecer, aprender, caerse, reír, disfrutar y, sobre todo, probar. Porque precisamente ahí está el punto flaco de la etiqueta, que en el momento en el que pruebas cosas nuevas ya te estás desprendiendo de ella, incluso aunque no te estés dando cuenta.

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