Música, renovación y replanteamiento

-Elvira Simancas-

El 22 de noviembre se celebraba Santa Cecilia, el día de la música. Se le hace honor en este día, y miles de orquestas, bandas y formaciones se arrojan a los escenarios a festejar la ocasión.

En este día que es un canto a la unificación mediante el arte, a la música como idioma universal, me da por pensar en la hipocresía de este amplio mundo: los músicos no perdemos la oportunidad de defender nuestro arte como cultura, derecho fundamental y universal, mientras por otro lado miramos por encima del hombro al primer desprevenido que cometa el descuido de aplaudir entre movimientos.

Las convenciones impuestas por la élite de la música clásica la hacen no sólo inaccesible, sino totalmente carente de interés para el gran público. De la misma forma, los estudiosos de la música de ámbito académico subestiman el valor y la importancia social y artística de las músicas populares urbanas. El resultado es un ámbito musical general maniqueo, en el que ambas partes parecen tener alergia la una de la otra, y se desarrollan como si temieran contagiarse entre ellas. Y sin embargo, es precisamente este contagio, cando se produce, aunque sea por accidente, lo que consigue la atención del público y la crítica.

La triste consecuencia de esto es perder la oportunidad de experimentar todo un mundo de posibilidades musicales.

Por suerte, algunos compositores, músicos, y artistas de la industria en general, rechazan radicalmente esta concepción, tratando de moldear la rigidez imperante. Me gustaría destacar entre estos a James Rhodes, un pianista de formación clásica que, a pesar de haberse criado rodeado del entorno elitista (por lo general) de la música académica, ha tenido siempre la iniciativa de sacrificar la posición endiosada de los solistas de concierto, en favor de contribuir a la apertura del repertorio clásico a una audiencia más amplia, derribando convencionalismos desde los más pequeños detalles, como comportarse y vestir de manera informal en sus conciertos (incluso llevando sudaderas con los nombres de Bach, o Schubert, como quien luce orgulloso una camiseta de Iron Maiden). Sin embargo, su máximo, y aunque no lo parezca, innovador logro, es su trato con el público: consigue ser coloquial y cercano, sin llegar a la condescendencia. En múltiples ocasiones rompe la cuarta pared (sí, en música también existe, aunque sea una pared más bien líquida y no de ladrillo), dirigiéndose directamente al público mediante pequeñas introducciones en forma de monologo a las obras a interpretar. Son estos pequeños detalles, los que hacen al público de Rhodes sentirse parte de la música, y lo más importante, llegar a entenderla.

Estos últimos años también hemos visto iniciativas innovadoras, como conciertos sinfónicos liderados por artistas pop, o el fenómeno de encontrar prestigiosas orquestas interpretando un repertorio popular (música de cine, videojuegos…), o incluso realizando conciertos didácticos, en los que se ayuda a la audiencia a comprender formal y artísticamente las obras clásicas. También hemos asistido a cómo el ámbito musicológico, aunque de forma minoritaria, comienza a tomar en serio los géneros urbanos (sólo os digo que hoy en día abundan tesis doctorales enteras sobre géneros tan olvidados por la investigación hasta el momento como el ska español). Sin embargo, a pesar de todo esto, la situación será difícil de cambiar si la mentalidad no se modifica desde abajo: los conservatorios. Mientras no cambien las instituciones que forman a las personas que crearán el futuro panorama musical, la situación continuará igual de estancada que hasta ahora. Es cierto que la formación que se imparte en los conservatorios es por lo general amplia y de calidad, pero su carácter elitista es una pesada losa de la cual deben zafarse, y que está de más en organismos que, al menos en nuestro país, son públicos.

A esto sumamos la producción en serie de músicos herméticos, con las narices incrustadas en el atril, y que se desorientan si les quitas la partitura (entre los cuales me incluyo). Esto, sin embargo, no sucede en géneros como el jazz o el rock, que suelen ser ignorados en estos ámbitos.

Si bien estas instituciones están cambiando poco a poco, y se ve cierto interés en modificar no sólo un planteamiento pedagógico anticuado, sino la visión plana e insuficiente (y únicamente occidental, dicho sea de paso), de la música, aún queda un largo camino por recorrer, en el cual deberemos hacer introspección y autocrítica en nuestra forma de presentar y percibir este arte. La música es amplia, poliédrica, multiforme, universal. Está presente en todos los ámbitos de la vida, todos la producimos y recibimos constantemente, sin darnos cuenta. Por tanto, debemos tratar de cuidarla y continuar alimentándola de forma sana y justa, para que todos podamos disfrutar plenamente de ella.

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