Les gilets jaunes

-Juan Campos-

 

Durante estos días no hay un solo europeo que no haya escuchado hablar de las protestas de los chalecos amarillos que están teniendo lugar en Francia, aunque probablemente la gran mayoría no estarán al corriente de el motivo y sentido de las protestas que se están llevando a cabo. Y este hecho es una verdadera pena porque es uno de los movimientos sociales que más está uniendo al pueblo francés y que más relevancia está teniendo en la última década.

El motivo inicial por el que se comenzó a salir a la calle en manifestaciones inicialmente pacíficas fue el aumento del precio de los carburantes fósiles en Francia y el aumento de los impuestos asociados a este tipo de combustibles, que llegaba en un momento en el que el precio del barril de petróleo estaba alcanzando mínimos anuales, pero existen una gran cantidad de razones que subyacen detrás de este motivo.

 

Emmanuelle Macron fue elegido presidente de la república bajo unas circunstancias bastante peculiares, se presentaba por primera vez a las elecciones, no pertenecía a ningún partido político y es sorprendentemente joven para el puesto por el que disputaba, pero su programa con ideas de derechas e ideas de izquierdas convenció al pueblo que así lo demostró en las urnas. El problema de este programa, que se vendía como la panacea universal, es que no era otra cosa más que un panfleto populista y vacío. Si bien a Macron le gustaba posicionarse en el centro ideológico francés las medidas liberales que tomó desde que alcanzó el puesto hasta el día de hoy hacen que se le considere absolutamente de derechas.

 

Este “Presidente para los ricos” ha tardado muy poco en decepcionar a sus bases votantes, ha ninguneado a sus ministros y les ha pasado por encima, pero además, ha tenido un comportamiento público  que puede ser caracterizado como cínico, soberbio y arrogante, que le ha colocado en muy poco tiempo como el presidente más odiado de Francia.

 

Los chalecos amarillos formaban parte del vestuario de un pueblo obrero reprimido y somnoliento, eran el icono de seguridad para trabajadores de aeropuertos y carreteras. Si algo representaban era la obediencia. Algo ha cambiado, ahora los chalecos amarillos (“gilets jeunes”) son el grito ahogado de la clase media y del pueblo obrero, de la derecha y de la izquierda, de toda la gente que se ha cansado de que la política se haga por y para la élite. Ahora los chalecos amarillos comienzan a difundirse fuera de las fronteras francesas, y ya se han podido ver manifestaciones de estos en Madrid, Bruselas o Serbia. No tienen una dirección clara pero ahora mismo representan la única oposición real a una clase política borderline, que juega demasiado con el populismo y el teatro en el hemiciclo y atiende muy poco a las necesidades de la gente en la calle.

 

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