James Rhodes: replanteando la música

-Elvira Simancas-

Estos últimos meses ha aparecido una peculiar figura en los medios, con el pelo canoso y alborotado, escuálido, con cierto aire de fragilidad, sudaderas con el nombre de Chopin y Bach, y despotricando sin tapujos de la industria de la música clásica.

Se trata de James Rhodes, un pianista de concierto que parece haber roto con ciertos convencionalismos de este complejo mundo. A partir del lanzamiento y éxito de su libro, Instrumental, en el que narra las violaciones que sufrió cuando era un niño, y cómo la música le ayudó a seguir adelante, James ha tenido la oportunidad de continuar expandiendo su forma de ver la música, con gran aceptación y respaldo mediático.

Su innovación radica probablemente en la relación con el público: él habla de la sensación general de que la música clásica no nos pertenece, es universal y atemporal, y sin embargo, es de otra gente, es de “ellos”. Trata de mantenerse alejado del elitismo de quienes quieren guardar la música como un patrimonio que no debe ser saboreado por los paladares vulgares. De esta forma, no se limita a sentarse ante el piano, ajustar la altura de la banqueta y comenzar a tocar (como si el concertista al entrar en el escenario se trasladase a una dimensión diferente a la del público), sino que aprovecha hasta la última gota las posibilidades que le ofrece un espectáculo en vivo: dialoga con el público, explica el trasfondo de las obras, y, en definitiva, respeta a su audiencia.

Incluso se le ha llegado a comparar con una estrella del rock, por su actitud, por el modo en el que se plantean sus conciertos, y por su movimiento en redes. Hasta el nombre de su primer disco (“Cuchillas, pastillas pequeñas y pianos grandes”) parece el nombre de un álbum de punk, en vez del proyecto de un pianista clásico.

Sin embargo, a pesar de todo este envoltorio, su interpretación de piano es más bien conservadora. Me explico: no estamos hablando de un nuevo Glenn Gould, que además de ser tremendamente irreverente con respecto a la performance, es decir, la forma, da una vuelta de tuerca a la música en su esencia, basándose en complejas reflexiones estéticas. Lo que tenemos delante es un artista que ha sabido utilizar con ingenio los recursos que tenía a mano para acercar la música clásica al gran público. Es decir, su revolución es más social que estética. Esto no significa que su interpretación no sea peculiar y personal (se habla por ejemplo en muchas ocasiones de lo pasional fusionado con lo frágil en su forma de tocar), sin embargo, se acoge a la forma de interpretar musicológicamente aceptada.

Por otro lado, tenemos la importancia de su discurso sobre la violación infantil, expresada en términos violentos, brutales y duros, y es por esto que su autobiografía, Instrumental es tremendamente dolorosa de leer. Se puede ver cómo Rhodes ha, prácticamente, vomitado sus experiencias y traumas en estas páginas, plagadas de impulso, rabia y sentimiento tan reales que asustan. Habla de cómo los abusos le causaron numerosos problemas de espalda, depresión, autolesión e intentos de suicidio.

La crudeza en su forma de narrar es un como un bofetón de realidad, extremamente necesario en temas como la violación, cuya condición de tabú hace que las víctimas no sientan el respaldo suficiente para hablar. De esta forma, el pianista recalca la importancia de utilizar un lenguaje adecuado, aunque sea desagradable, para dar a las cosas la importancia que tienen, sin eufemismos invisibilizadores. Es por esto que suele repetir “No abusaron de mí. A mí me violaron.”

Es esta publicación la que, tras convertirse en un best seller, ha llamado la atención de los medios en todo el mundo, lanzando la carrera de Rhodes hasta la estratosfera. Esto supone un tremendo avance en la integración de la música clásica entre el público general, sin embargo, siempre nos quedará la duda de si se le habría prestado la misma atención de no tener este trasfondo escabroso, o por el contrario, se quedaría en una rareza perdida en el océano de la industria musical. En cualquier caso, Rhodes, tratando la música de forma innovadora y pasional (¿qué menos se puede esperar de alguien tarda pocas páginas de su libro en decir “la música clásica me la pone dura”?), ha conseguido, en definitiva, la ardua tarea de traspasar los convencionalismos y normas no escritas de la música académica.

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