El Cocinillas: bueno, bonito y (no tan) barato

-Gonzalo Pazos- Este restaurante se encuentra en la calle San Joaquín, cerca de la plaza de San Ildefonso (Malasaña). El local no es muy grande, cuenta con unas 6 o 7 mesas, con una decoración de motivos retro y relativa sencillez.

La carta es realmente variada, y cuesta incluirla en un género concreto de comida. De entrante nos decantamos por el timbal de aguacate con chipirones a la plancha y la burrata atemperada con gambones al ajillo, y la verdad es que ambos platos nos dejaron salivando. El timbal consistía en aguacate machacado con tomate y cebolla (estilo guacamole), y encima estaban los chipirones, cocinados enteros y con mucho sabor, nada secos para ser a la plancha. Por otro lado, la burrata tenía un sabor fresquísimo con un interior muy tierno, y su sabor combinaba a la perfección con la salsa de los gambones. Estos últimos, no obstante, eran de un tamaño comedido, por lo que el nombre de gambón se les quedaba grande.

De segundo plato optamos, en primer lugar por la fregola de sardegna risottata con almejas, gambones y azafrán. A pesar del nombre tan refinado, no era más que sémola de trigo cocinada al etilo risotto y acompañado de marisco, que realmente brillaba por su escasez; a pesar de todo el grano de trigo estaba lleno de sabor y tenía una textura mucho más apetecible que el arroz, nada blandengue.

Pedimos además el bacalao a baja temperatura sobre guiso de manitas. Lo mejor de este plato era sin duda la combinación de texturas y sabores entre el pescado y los trozos magros de cerdo del guiso, realmente sabrosos. El bacalao, sin embargo, estaba un poco soso.

Por último pedimos el canelón de rabo de toro en su jugo y sal de pecorino. Este fue sin duda el plato estrella. La carne estaba tan tierna que se deshacía en la boca, pero conseguían que la pasta estuviese al dente, lo cual contrarrestaba a la perfección con la salsa que bañaba el plato.

De postre elegimos el suave arroz con leche caramelizado y helado de vainilla. A pesar de estar bastante rico, no era nada del otro mundo. El arroz parecía más bien un puré y excesivamente dulce, y la combinación con helado de vainilla tampoco fue la más acertada.

En resumen, este restaurante tiene una calidad de comida excepcional y os la recomiendo encarecidamente, pero cuando vengan vuestros padres a veros. El precio de los platos es elevado, muy fuera de nuestro presupuesto de estudiante habitual. Con las cantidades que comimos, la cuenta rondó los 27 euros por cabeza, incluyendo bebidas. No obstante, merece la pena y os la recomiendo para cuando tengáis la oportunidad de elegir un sitio para comer en Madrid sin importar el precio.

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