El cartógrafo: anatomía del recuerdo

-Francisco Quilez-

Creemos extrañamente en la persistencia de la memoria, en el instante caduco que sin embargo prospera en nuestro recuerdo como un vacío devuelto por las sombras. Juan Mayorga presenta en las Naves del Español uno de esos momentos en que la vida se troca en un incesante culebreo de fuegos transparentes, reveladores, secos y monstruosamente fieles. El cartógrafo nos presenta una historia de un dolor íntimo y plural, un afán indiscutible, un trazo firme y personal sobre una masacre enlosada sobre el tiempo y la leyenda.

La puesta en escena, sobria y elegante, canta a la tristeza de lo que nace en la austera escenografía que parece haberse perdido ya hace mucho. No hay nada más que lo imprescindible, lo necesario para resultar una brutal pesadilla que puebla tres espacios que se encuentran y saben reconocerse no en el genuino relato que perfecciona un antiguo horror sino en su voluntad infranqueable de ser revelados.

Blanca se lanza al encuentro de un mapa, tal vez su mismo mapa, en una Varsovia que poco tiene que ver, ya en nuestros días, con aquella de chorretones de humo y cabezas rapadas, delgadeces extremas y pijamas a rayas, cuando todo moría en un gueto de odio y la esperanza caía desmayada en los ojos de una niña y un anciano

Cartógrafo cuyo único fin estribaba en edificar sobre el miedo su redención esclareciendo sobre un papel a modo de mapa aquel lugar de oscuros temores. Blanca Portillo y José Luis García Pérez son una voz que arde y que al segundo se hiela en una actuación prodigiosa donde se aventuran a interpretar las voces vivas de doce personajes en la sutilidad de cada gesto. Éstos no se solapan sino que se armonizan en un testimonio multitudinario y sincero que nos descubre la trágica certeza de tener las manos manchadas; porque, en cualquier caso, la obra no deja de ser una confesión opresiva y bellamente humana acerca de la naturaleza del ser, de nosotros mismos, que ha de embarcarse, que hemos de embarcarnos, irremisiblemente en el hallazgo de lo que hoy somos, lo que hemos sido y nos resta por ser.

Lo que le ocurre a un hombre les ocurre de alguna manera a todos —afirmaba Borges con magnífica literatura—. Tal vez, por esto, el tercer espacio que pueble la obra con su aliento sea la conciencia del espectador, su singladura, su pasado, sus recuerdos, nuestro propio mapa personal e intransferible. El Cartógrafo es una puñetazo valiente, un revulsivo, una auténtica OBRA DE TEATRO que ha de contemplarse como una forma de descubrimiento, un regalo que aguarda, entrañable y profundo, nuestra visita.

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