EL ARTE SONORO: ESCUCHAR CON LOS OJOS

-Elvira Simancas-

La Fundación Juan March es un prestigioso organismo que desde 1955 se ha preocupado de promover la expansión científica y humanística, desde valores como la autonomía, la calidad de la oferta cultural y el beneficio de la comunidad a la que se dirige. Esto queda plasmado en su última y ambiciosa propuesta: Escuchar con los ojos. Se trata de una exposición temporal que pretende mostrar los orígenes, influencias, trayectoria y vigencia de un campo tan ambiguo y complejo como es el del arte sonoro.

Ahora bien, ¿qué es el arte sonoro?

Se trata de una disciplina que comprende todas las manifestaciones artísticas que hacen uso del sonido, o, dicho de otra manera, las obras en las que el sonido se organiza entorno a criterios estéticos. Surge de una deconstrucción de las nociones convencionales de los medios en los que se desarrollan las diferentes artes, de la negación de apoyar la separación tradicional entre los registros visual y sonoro.

Es común la confusión entre arte sonoro y música. Sin embargo, son disciplinas radicalmente diferentes. El arte sonoro, aunque participa del sonido, no está sujeto a la tradición compositiva de la música, y se integra generalmente en lo que llamamos “artes plásticas”. Además, la música se vertebra en torno a los conceptos de composición e interpretación, a los cuales es ajeno y no está sujeto el arte sonoro.

Este concepto tan abstracto se entenderá mejor poniendo un ejemplo que se encuentra dentro de la propia exposición: una de las obras más ilustrativas de lo que es el arte sonoro está constituida por planchas de metal, con una ligera capa de agua sobre ellas, puestas en el suelo. Bajo estas planchas pasan constantemente frecuencias sonoras que no son audibles para nosotros. Sin embargo, sí que podemos observar cómo las frecuencias causan ondas en el agua, creando dibujos continuos. De este modo, se integran sonido y escultura para crear un único concepto.

En el arte sonoro, todo comienza con los avances tecnológicos a principios del siglo XX, especialmente con el teléfono, la radio y el fonógrafo, que sobrepasan los límites temporales y espaciales del sonido en la naturaleza, lo hacen maleable para su utilización estética y abren un inabarcable campo de posibilidades artísticas. El sonido nunca más será efímero e irrepetible, ni estará limitado al lugar en el que se produce; en poco tiempo, hasta podríamos tomar el sonido y modificarlo, replantearlo, manipularlo con precisión quirúrgica. En definitiva, un elemento esencialmente temporal comienza a tomar matices espaciales.

El otro gran avance que inspira y hace posible el arte sonoro es la aparición de la música electroacústica: una nueva vuelta de tuerca, otra ruptura con la convención y un desafío definitivo a la tradición. En un principio, provoca rechazo, y sobretodo extrañeza, puesto que hablamos de sonidos inexistentes en la naturaleza, resonancias que acaban de nacer y dan sus primeros pasos en el proceso de introducirse en el imaginario popular. Ruidos indefinidos, reverberaciones, ecos y ataques bruscos se implantan en

las obras musicales y los nuevos artistas los comienzan a utilizar en sus obras con los mismos criterios compositivos que un Beethoven cualquiera. Con la diferencia esencial de la ausencia de partitura: en lugar de pasar por el proceso tradicional de composición e interpretación, la música electrónica se monta y genera físicamente, saltándose descaradamente el paso del pentagrama. Intérprete y compositor se funden en una especie de “escultor del sonido”.

A esto sumamos la influencia de fenómenos como las vanguardias, el auge de la experimentación sinestésica, el futurismo y su consecuente utilización de instrumentos no convencionales en música (como en El despertar de una ciudad, de Russolo, interpretada únicamente con máquinas), el dadaísmo, el peso de la obra de John Cage, o el notable intercambio y colaboración entre disciplinas artísticas que evidenciaron claramente los artistas de la Generación del 27.

Esto da lugar a un producto impreciso, indeterminado y ambiguo que despierta debates en cuanto a su definición, y procura más de un quebradero de cabeza a los estudiosos de la estética. Se trata de una especie de “Frankenstein” que rompe con la concepción de la música como temporal y auditiva, y las artes plásticas como espaciales y visuales. Por primera vez, las esculturas se oyen e incluso a veces se tocan, y el sonido se contempla visualmente. También se suprime la pintura y la escultura como artes estáticas: se dinamiza la contemplación de las obras, ya no solo por el factor del sonido, sino por la participación activa del espectador, que deja de ser un mero sujeto pasivo, para interactuar con el arte.

Se trata, en definitiva, de una apuesta arriesgada por parte de la Fundación Juan March, con la finalidad de dar visibilidad tipos de arte que no solemos encontrar en la mayoría de exposiciones. Una propuesta interesante, que requiere gran atención y capacidad de abstracción, y que desafiará nuestra manera de percibir, interpretar y juzgar el arte.

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