Seres humanos modificados genéticamente, ¿Hasta dónde vamos a llegar?

-Celia González Martínez-

Usar la genética y la biología molecular para modificar a un ser humano genéticamente es una posibilidad que encierra increíbles beneficios y maléficas implicaciones. ¿Podemos?, ¿debemos?, ¿queremos? Bienvenidos al juego de luces y sombras.

Nuestra habilidad para manipular la genética ha crecido muchísimo en los últimos años, hasta el punto de poder modificar el acervo genético, la parte más íntima de cualquier ser vivo, para obtener lo que queremos. ¿Y qué consecuencias tiene esto? En primer lugar, hay que comprender bien hasta dónde podemos llegar. En segundo, qué implicaciones tiene. Y en tercero, y más importante si cabe, a partir de qué punto este hecho choca con nuestras normas morales y éticas. ¿Estamos jugando a ser dioses o solo ayudando a mejorar la vida de las personas? y ¿quién decide si está bien o mal?; son muchas preguntas a las que yo no me atrevería a contestar.

Para que nazcan “humanos modificados genéticamente” han de modificarse a partir de los gametos, es decir, el espermatozoide y el óvulo que se dividirán hasta crear el embrión y al ser posterior. Sí existe la posibilidad de modificar ciertas porciones de tejidos y parte de las células, como ocurre con el cáncer. Otro detalle importantísimo es que la modificación genética aleatoria no produce nunca un carácter bueno. Es imposible adquirir del entorno una característica buena así como así.

Por ello mismo, la única manera de conseguir humanos modificados genéticamente es diseñándolos desde el principio, en su concepción.

Precisamente, el mayor conocimiento del genoma humano, secuenciado por completo en 2005, nos permite conocer, paso a paso, para qué sirve cada cosa. Por suerte o por desgracia, la tarea es muy compleja, así que todavía sabemos muy poco al respecto. Pero ya hay genes que conocemos con bastante detalle, pudiendo modificarlos mediante la técnica que comentábamos antes. Algunos, la gran mayoría, están relacionados con patologías y enfermedades varias. Pero otros no. Y llegará un momento en el que la posibilidad de la eugenesia sea una realidad, al menos teórica. ¿Pero lo será también práctica?

En China, por ejemplo, un investigador trata de obtener permisos para modificar genéticamente los embriones descartados con la única intención de conocer mejor el proceso. En California se está estudiando un proceso menos “agresivo” pero relacionado también con la modificación genética del óvulo. Hay, además, sospechas de que otros investigadores ya han realizado sus propios experimentos aunque no han transcendido sus nombres hasta el momento. Con los conocimientos adecuados podríamos salvar vidas y ayudar a que miles de personas pudiesen ser felices. Las patologías hereditarias podrían ser, potencialmente, curadas para siempre y eliminaríamos el sufrimiento de montones de personas cuyo día a día es un auténtico infierno.

Pero también podríamos desechar aquello que no queremos. Aquello que no nos gusta. Desecharlo por lo que preferimos, aunque eso no tenga nada que ver con un bienestar fisiológico o de salud. “Descartar” a un ser humano y hacerlo a nuestro puro gusto tiene una implicación ética y moral terrible. Por un lado es ridículo luchar contra la discriminación social si aprobamos y promovemos la discriminación genética, un paso aún más íntimo. Por otro lado, modificar al tuntún el acervo genético de una población puede tener severas consecuencias ecológicas.

Actualmente, al menos 29 países tienen leyes estrictas sobre la modificación genética de la línea germinal, es decir, esperma u óvulo. Entre ellos España.

Ahora bien, dicho todo esto, mis preguntas son; ¿qué somos? o mejor dicho, ¿qué seremos? ¿hasta dónde podemos llegar? Ha llegado el momento de decidir cuál será nuestro futuro en este complicado juego. Y lo mejor será no decidir a la ligera.

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