-Francisco Quílez-

La claridad es la cortesía del filósofo así como la humildad las alpargatas de este poeta. El 13 de octubre se anunciaba el Premio Nobel de Literatura. El tempo era pausado y solemne, sosteniendo una jugosa incertidumbre al amparo de las cámaras. Oscuridad y silencio, se palpaba el desconcierto ante la proximidad de la noticia. Las cosas tenían que cambiar a pesar de que en ningún caso se avistaba un principio de sorpresa en tanto que aquí —en nuestro Mayor— todo el mundo continuaba con su jueves ante la imposible decisión de tomar galletas con un vaso de leche o unas tostadas crujientes con mermelada de fresa.

A la una en punto del mediodía se comunicaba el ganador. El nombre de Robert Allen Zimmerman (Duluth, Minnesota, 1941), más conocido como Bob Dylan, desencadenaba un huracán informativo que, por primera vez en la historia de los nobel, desembocaría en las tiendas de discos. “Por haber creado un nuevo modo de expresión poética integrada en la gran tradición de la canción americana” Bob Dylan, al margen del espanto seguro de algunos escépticos, se llevaba el entero aplauso de una generación de la que fue y sigue y seguirá siendo esa voz de tan exactas palabras que se debieron decir al compás de una revolución. Pero, ¿quién es Bob Dylan?

De una biografía transparente y simple como muchos, Robert Allen Zimmerman no interesa a nadie, mas Dylan se nos quedó grabado a sangre desde el origen de su fraseo. A la manera de esas verdades que no pueden ser reveladas más que a condición de que sean descubiertas, en la mitad del camino de los años sesenta se nos presentó, como el que no quiere la cosa, de la mano de Blowin’ in the wind; y de hecho tenía razón, la respuesta flotaba en el aire, estábamos ante un genio. Desde entonces Like a Rolling Stones o Blonde on Blonde conquistaron al público desde adentro con la caústica melodía de un rebelde ante un mundo destrozado por los años salvajes de la Guerra Fría, renovado en el éxtasis de la droga y el amor libre, a la sombra de un afanado combate en busca de derechos. 

Como un canto rodado retenido en su impulso que estuviese a punto de estallar, su verbo quebrado y frágil, cerca de perder la melodía, se paseaba sacudiendo las conciencias a fuerza de un rasgueo de guitarra. Cada verso compuesto de un sincero puñetazo en el estómago nos lo decía: “Dylan ha devuelto la poesía a su punto de partida, bestial y necesario, a su carácter físico y popular”. No nos despertaremos con la resaca incipiente de un olor a premio mal dado y de tal manera quedará inscrito en nosotros el recuerdo forzoso y suficiente de algunas de sus canciones como precisas pinturas rupestres del mundo moderno brutalmente bellas, inevitablemente humanas.

Dylan se hace acreedor de todo —de nada— cuando canta desde nuestra boca los sinsabores que ha probado, que ha mordido, que hemos sentido cada cual a su manera. Sin pretensiones —o tal vez con excesivas— La Academia Sueca se ha propuesto poner en su lugar la poesía que nace de unas cuantas bolsas de basura, las aceras desolladas a golpes y, en cualquier caso, de una conversación olvidada a causa de una borrachera; esa literatura vagabunda, sin patria ni pertenencia, en la que aún subsiste la inapreciable grandeza de no tenerse en cuenta demasiado.

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